Cuando el ciudadano ejerce su derecho a elegir, implícitamente tiene entre sus opciones las de votar en blanco o anular su voto. En el primer caso, expresa su decisión de no manifestarse por ninguna de las alternativas que se le presentan en la correspondiente papeleta. Simplemente se abstiene de hacer una elección. Cuando anula su voto, puede hacerlo como manifestación de inconformidad con el proceso al que se lo ha convocado; o también porque a causa de carecer de información suficiente sobre los alcances del acto electoral, o debido a su relativa complejidad, no completa su papeleta conforme a las prescripciones reglamentarias respectivas.
En ambos casos, su voto es válido; y como tal, tiene que ser forzosamente reconocido y respetado por la autoridad electoral. Es decir, que no cabe, bajo argumento alguno, dar a su voluntad electoral -refrendada por su comparecencia al recinto correspondiente, con el claro e irrevocable propósito de ejercer un derecho y un deber propio de su condición de ciudadano- interpretar su voluntad como no válida. Aceptar semejante pretensión no solo que afecta a garantías constitucionalmente consagradas, sino que vulnera derechos humanos, reconocidos tanto por la Declaración Universal de los Derechos Humanos denlas Naciones Unidas, cuanto por la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos, OEA, de los cuales Ecuador es suscriptor.
En el Referéndum y Consulta Popular del 7 de mayo, importantes grupos de ciudadanos votaron en blanco o anularon sus votos. Con ese acto, hicieron ostensible su voluntad de manera democrática. Por lo tanto, ninguna autoridad puede anular esa manifestación. Esos votos son plenamente válidos, porque expresan de manera soberana, una clara intención de los electores: no se adhirieron a ninguna de las corrientes que se formaron en torno a aprobar o a desaprobar las reformas constitucionales y legales que les fueron consultadas. O -en el peor de los casos- rechazaron los temas que les fueron sometidos a su consideración.
Por lo tanto, cabe que la autoridad electoral no solo registre esos votos con fines estadísticos, sino que los compute exactamente respetando su significado: los ciudadanos concurrieron a las urnas, tomándose las molestias que ese hecho comporta, para dar su veredicto que no fue ni a favor ni en contra de las dos opciones que se les plantearon. En otras palabras, hicieron uso de su derecho ciudadano de escoger una alternativa distinta, incluso por error o como una manifestación de rechazo a las mismas.
Invalidar esa voluntad, es un acto arbitrario y antidemocrático, que irrespeta el derecho de ese importante grupo de ecuatorianos a participar activamente en la vida política del país. Es más, de producirse semejante exclusión, se consagraría un atropello, que la ciudadanía debe rechazar.
viernes, 13 de mayo de 2011
domingo, 8 de mayo de 2011
Marujita Salomé
Evocaré a María Salomé Chávez Bailón, que así era el nombre de la que fue mi mamá.
La imagen más nítida que guardo de ella es la de una mujer con inagotable disciplina de trabajo: estaba en pie, cuando todavía "era oscuro"; o sea mínimo, a las 5 y 30 de la mañana; y no se acostaba sino hasta bien entrada la noche. Y en esas horas hacía de todo: cocinaba, lavaba, planchaba -con esas planchas alimentadas por brazas de carbón vegetal, que la deshidrataban tanto, que a veces solía terminar la jornada con una Pilsener bien helada-, arreglaba y limpiaba escoba y escobillones en mano la casa, cuidaba de sus gallinas y de sus pájaros, perros y gatos, de repente un chancho de corral, y las plantas de su jardín, con begonias, violetas, lenguas de suegra, hierbaluisa, matizadas con tomates, limones, culantros y cebollines... Entonces aprendí desde que empecé a razonar, que no había un mundo posible sin mamá; o, mejor dicho, que sin ella, cualquier mundo sería imposible.
Mamá era tímida. Esa timidez era congénita a sus raíces campesinas. Y era una profunda observadora, a la que difícilmente se le podía ocultar cualquier estrago físico o emocional, incluso aquellos que obligaban a ensayar alguna que otra mentira como excusa. Dirigía un ejército de ocho hijos, a los que se agregaban -siempre bien recibidos por ella- de tarde en tarde, uno que otro sobrino. Y cuando digo que dirigía un ejército, no hago alusión solo al número -por lo demás, normal para cualquier familia manabita de los años 30 a los 50 del siglo pasado-, sino a las tareas asignadas a cada uno, especialmente a los mayores respecto al cuidado y aseo de los menores. No se habían inventado los "tableros de mando" de los sistemas administrativos actuales, pero tenía presente en su memoria qué tareas había asignado a cada cual, y quién la había cumplido o estaba en deuda. A veces ponía un cómplice velo de olvido a alguna falta, pero si llegaba la ocasión la recordaba señalando que la tenía "asentadita". Y entonces podía ser muy severa.
Mamá cuidaba de cada uno de sus hijos, respetando su identidad. No estudió sicología; pero era una parvularia auténtica. Un pellizco podía ser preludio de un castigo mayor -"la buena la tanda"-; por eso, generalmente bastaba una mirada, para saber que había que retirarse sin ánimo de regresar a buscarlo que no se había perdido. Pero yo siempre me he quedado cautivado sobre la forma como ella tenía que resolver las preferencias que cada carácter, que cada manía de sus hijos le comunicaba. ¡Y éramos 8!, cada uno con sus temas, cada uno con sus temores, cada uno con sus aspiraciones, cada uno con su personalidad. Y así pasamos nuestra niñez.
Porque la adolescencia la compartíamos con otras casas, cuando fuimos a estudiar a Portoviejo. Y ahí pudimos, ciertamente, hacer uso de esa personalidad que ella respetó -incluso para decidir si nos daba remedio de palos- porque nos autodisciplinamos. Nadie nos levantaba para ir al Colegio, nadie nos obligaba a tomar una ducha o a andar más o menos presentables en términos estéticos. Nadie. Solo la idea de que el viernes o el sábado, cuando regresáramos a Sucre, mamá nos revisaría para saber si nos cepillábamos los dientes, o si nos lavábamos las orejas, nos hacía observar aceptables hábitos de higiene. Y así crecimos...
Mamá miraba de lejos nuestra formación secundaria y universitaria. Creo que ella había convenido una especie de división del trabajo de criar a los hijos con papá: ella en la disciplina, él en el rigor de cumplir con los estudios. (Yo salí ganando de eso, porque impunemente hice la secundaria en 2 años más que lo normal, pero esa es otra historia). Y también que fue entendiendo poco a poco, que la ley inexorable de que los hijos son aves de paso, tenía que cumplirse, incluso a pesar de compartir el mismo techo.
Tenía una gran serenidad ante la muerte. Porque también la tenía ante la vida. Recuerdo que cuando murió papá, solo le bastó llevar consigo sus sentimientos profundos. Y nada más: no la vi protagonizar ningún drama, ni sentirse desvalida, ni esperar de sus hijos algún acto de compasión, que no fuera la solidaridad de compartir el dolor que la partida sin retorno de un ser querido, impone. Lo sobrevivió algo más de 32 años. Y yo me daba cuenta de que en todo ese lapso, apagaba lentamente sus recuerdos buenos y de los otros, como preparándose para dejarlos en la nada, cuando a ella le tocara el turno de partir.
Sus últimos años fueron precisamente eso: un lento desvanecimiento de los recuerdos. Era como ese personaje de Macondo, tejiendo con paciencia su mortaja. Y cuando estuvo lista, partió.
Mamá es mi personaje inolvidable. Yo siempre la recuerdo con los versos de Nervo: "(...) al influjo de su alma celeste amanecía./Era llena de gracia, como el Avemaría:/¡Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!"
La imagen más nítida que guardo de ella es la de una mujer con inagotable disciplina de trabajo: estaba en pie, cuando todavía "era oscuro"; o sea mínimo, a las 5 y 30 de la mañana; y no se acostaba sino hasta bien entrada la noche. Y en esas horas hacía de todo: cocinaba, lavaba, planchaba -con esas planchas alimentadas por brazas de carbón vegetal, que la deshidrataban tanto, que a veces solía terminar la jornada con una Pilsener bien helada-, arreglaba y limpiaba escoba y escobillones en mano la casa, cuidaba de sus gallinas y de sus pájaros, perros y gatos, de repente un chancho de corral, y las plantas de su jardín, con begonias, violetas, lenguas de suegra, hierbaluisa, matizadas con tomates, limones, culantros y cebollines... Entonces aprendí desde que empecé a razonar, que no había un mundo posible sin mamá; o, mejor dicho, que sin ella, cualquier mundo sería imposible.
Mamá era tímida. Esa timidez era congénita a sus raíces campesinas. Y era una profunda observadora, a la que difícilmente se le podía ocultar cualquier estrago físico o emocional, incluso aquellos que obligaban a ensayar alguna que otra mentira como excusa. Dirigía un ejército de ocho hijos, a los que se agregaban -siempre bien recibidos por ella- de tarde en tarde, uno que otro sobrino. Y cuando digo que dirigía un ejército, no hago alusión solo al número -por lo demás, normal para cualquier familia manabita de los años 30 a los 50 del siglo pasado-, sino a las tareas asignadas a cada uno, especialmente a los mayores respecto al cuidado y aseo de los menores. No se habían inventado los "tableros de mando" de los sistemas administrativos actuales, pero tenía presente en su memoria qué tareas había asignado a cada cual, y quién la había cumplido o estaba en deuda. A veces ponía un cómplice velo de olvido a alguna falta, pero si llegaba la ocasión la recordaba señalando que la tenía "asentadita". Y entonces podía ser muy severa.
Mamá cuidaba de cada uno de sus hijos, respetando su identidad. No estudió sicología; pero era una parvularia auténtica. Un pellizco podía ser preludio de un castigo mayor -"la buena la tanda"-; por eso, generalmente bastaba una mirada, para saber que había que retirarse sin ánimo de regresar a buscarlo que no se había perdido. Pero yo siempre me he quedado cautivado sobre la forma como ella tenía que resolver las preferencias que cada carácter, que cada manía de sus hijos le comunicaba. ¡Y éramos 8!, cada uno con sus temas, cada uno con sus temores, cada uno con sus aspiraciones, cada uno con su personalidad. Y así pasamos nuestra niñez.
Porque la adolescencia la compartíamos con otras casas, cuando fuimos a estudiar a Portoviejo. Y ahí pudimos, ciertamente, hacer uso de esa personalidad que ella respetó -incluso para decidir si nos daba remedio de palos- porque nos autodisciplinamos. Nadie nos levantaba para ir al Colegio, nadie nos obligaba a tomar una ducha o a andar más o menos presentables en términos estéticos. Nadie. Solo la idea de que el viernes o el sábado, cuando regresáramos a Sucre, mamá nos revisaría para saber si nos cepillábamos los dientes, o si nos lavábamos las orejas, nos hacía observar aceptables hábitos de higiene. Y así crecimos...
Mamá miraba de lejos nuestra formación secundaria y universitaria. Creo que ella había convenido una especie de división del trabajo de criar a los hijos con papá: ella en la disciplina, él en el rigor de cumplir con los estudios. (Yo salí ganando de eso, porque impunemente hice la secundaria en 2 años más que lo normal, pero esa es otra historia). Y también que fue entendiendo poco a poco, que la ley inexorable de que los hijos son aves de paso, tenía que cumplirse, incluso a pesar de compartir el mismo techo.
Tenía una gran serenidad ante la muerte. Porque también la tenía ante la vida. Recuerdo que cuando murió papá, solo le bastó llevar consigo sus sentimientos profundos. Y nada más: no la vi protagonizar ningún drama, ni sentirse desvalida, ni esperar de sus hijos algún acto de compasión, que no fuera la solidaridad de compartir el dolor que la partida sin retorno de un ser querido, impone. Lo sobrevivió algo más de 32 años. Y yo me daba cuenta de que en todo ese lapso, apagaba lentamente sus recuerdos buenos y de los otros, como preparándose para dejarlos en la nada, cuando a ella le tocara el turno de partir.
Sus últimos años fueron precisamente eso: un lento desvanecimiento de los recuerdos. Era como ese personaje de Macondo, tejiendo con paciencia su mortaja. Y cuando estuvo lista, partió.
Mamá es mi personaje inolvidable. Yo siempre la recuerdo con los versos de Nervo: "(...) al influjo de su alma celeste amanecía./Era llena de gracia, como el Avemaría:/¡Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!"
sábado, 7 de mayo de 2011
A partir de mañana
No voy ni a magnificar ni a minimizar la victoria del gobierno -que en verdad es del Presidente Rafael Correa y de nadie más- en la consulta popular de este 7 de mayo. Tampoco regatearé el tamaño del triunfo; porque así como en el fútbol gana el que hace más goles, en política triunfa quien obtiene más votos. Y a otra cosa...
Confieso que nunca esperaba a un Correa magnánimo -o mejor, por lo menos condescendiente- al evaluar el resultado. Pero tampoco esperaba ver a un Presidente lleno de tanto rencor en sus primeras declaraciones. Abrigaba la esperanza de que serenamente formulase un llamado a la concertación; a deponer pasiones; a reconocer que el único papel que, pasada la campaña le toca cumplir, es el de un Estadista asumiendo la responsabilidad que la mayoría del electorado le entregó, para ejecutarla con ecuanimidad, sin ningún vestigio de rencor contra sus adversarios, porque de eso se trata la democracia. Mas no fue así: continuó lanzando dardos cargados de veneno contra la prensa, en primer lugar; y contra sus opositores sin excluir a sus antiguos compañeros de ruta. Entonces la pregunta de fondo que deja planteada tal posición es preocupante: ¿hasta dónde está dispuesto el Primer Mandatario a polarizar al país?
Y este es el tema que se debe abordar a partir de mañana. Los 27 meses que faltan para completar su mandato, no pueden ser de eterna campaña electoral, porque hay cuestiones prioritarias que deben ser resueltas, incluso para crear el clima de confianza tan necesario a la implementación de los cambios en la función judicial, propuestos por el Presidente y aprobados en la Consulta. Un país escindido, no es el mejor escenario para ese fin.
A partir de mañana lo primero que debe hacer el Estadista Rafael Correa es limpiar el ambiente desordenado que el proceso electoral dejó. Poner la casa en orden. Esto significa, ni más ni menos, que definir la manera cómo aprovechará el país la gran infraestructura que está construyendo, porque -por ejemplo- ¿de qué servirá haber construido tan buenas carreteras, si la producción agropecuaria que podría movilizarse por ellas, sufrirá directa o indirectamente, los estragos de no tener acceso a mercados ampliados, como los de Estados Unidos y la Unión Europea? Claro, que mientras el precio internacional del petróleo se mantenga alto no hay mucho de qué preocuparse, (aunque la semana pasada ya registraron caídas los índices marcadores WTI); pero, ¿y si empiezan a derrumbarse de manera sostenida?
Limpiar ese ambiente desordenado, también equivale a frenar el centralismo desaforado, que ha tomado cuerpo en los últimos 4 años a guisa de recuperar la rectoría del Estado sobre la sociedad. Economista no neo liberal, como es Correa, debería advertir que hay una relación simbiótica entre centralismo y corrupción: cuando alcaldes, prefectos y asambleístas van a los ministerios a tramitar partidas presupuestarias o a conseguir ser tomados en cuenta en la planificación milimétrica de la SENPLADES, se va regando la semilla de "la esa", de "los billos" o del equivalente al IPRE dolarizado, abusando de las cataratas de la Contraloría o de la nula capacidad fiscalizadora de la Asamblea.
Ciertamente que si quisiera seguir con el entorno emponzoñado, a partir de mañana el Presidente Correa puede demostrar que no necesitaba de la Consulta para investigar el enriquecimiento privado no justificado. Debería pedir que se investigue cuántos altos funcionarios de su gobierno -para comenzar poniendo el ejemplo precisamente desde adentro- cambiaron de barrio, de casa y de carro a partir de 2007 hasta la fecha; o cuántos transformaron sus cuentas bancarias de magras en obesas, en tan corto período, sin que el sueldo se los permita. Entonces y solo así, podrá ambientar perfectamente el clima para las grandes transformaciones que el país espera ver en la justicia, poniendo del lado que él considera opositor a los corruptos, y del lado que él califica como amigos, a los otros.
Confieso que nunca esperaba a un Correa magnánimo -o mejor, por lo menos condescendiente- al evaluar el resultado. Pero tampoco esperaba ver a un Presidente lleno de tanto rencor en sus primeras declaraciones. Abrigaba la esperanza de que serenamente formulase un llamado a la concertación; a deponer pasiones; a reconocer que el único papel que, pasada la campaña le toca cumplir, es el de un Estadista asumiendo la responsabilidad que la mayoría del electorado le entregó, para ejecutarla con ecuanimidad, sin ningún vestigio de rencor contra sus adversarios, porque de eso se trata la democracia. Mas no fue así: continuó lanzando dardos cargados de veneno contra la prensa, en primer lugar; y contra sus opositores sin excluir a sus antiguos compañeros de ruta. Entonces la pregunta de fondo que deja planteada tal posición es preocupante: ¿hasta dónde está dispuesto el Primer Mandatario a polarizar al país?
Y este es el tema que se debe abordar a partir de mañana. Los 27 meses que faltan para completar su mandato, no pueden ser de eterna campaña electoral, porque hay cuestiones prioritarias que deben ser resueltas, incluso para crear el clima de confianza tan necesario a la implementación de los cambios en la función judicial, propuestos por el Presidente y aprobados en la Consulta. Un país escindido, no es el mejor escenario para ese fin.
A partir de mañana lo primero que debe hacer el Estadista Rafael Correa es limpiar el ambiente desordenado que el proceso electoral dejó. Poner la casa en orden. Esto significa, ni más ni menos, que definir la manera cómo aprovechará el país la gran infraestructura que está construyendo, porque -por ejemplo- ¿de qué servirá haber construido tan buenas carreteras, si la producción agropecuaria que podría movilizarse por ellas, sufrirá directa o indirectamente, los estragos de no tener acceso a mercados ampliados, como los de Estados Unidos y la Unión Europea? Claro, que mientras el precio internacional del petróleo se mantenga alto no hay mucho de qué preocuparse, (aunque la semana pasada ya registraron caídas los índices marcadores WTI); pero, ¿y si empiezan a derrumbarse de manera sostenida?
Limpiar ese ambiente desordenado, también equivale a frenar el centralismo desaforado, que ha tomado cuerpo en los últimos 4 años a guisa de recuperar la rectoría del Estado sobre la sociedad. Economista no neo liberal, como es Correa, debería advertir que hay una relación simbiótica entre centralismo y corrupción: cuando alcaldes, prefectos y asambleístas van a los ministerios a tramitar partidas presupuestarias o a conseguir ser tomados en cuenta en la planificación milimétrica de la SENPLADES, se va regando la semilla de "la esa", de "los billos" o del equivalente al IPRE dolarizado, abusando de las cataratas de la Contraloría o de la nula capacidad fiscalizadora de la Asamblea.
Ciertamente que si quisiera seguir con el entorno emponzoñado, a partir de mañana el Presidente Correa puede demostrar que no necesitaba de la Consulta para investigar el enriquecimiento privado no justificado. Debería pedir que se investigue cuántos altos funcionarios de su gobierno -para comenzar poniendo el ejemplo precisamente desde adentro- cambiaron de barrio, de casa y de carro a partir de 2007 hasta la fecha; o cuántos transformaron sus cuentas bancarias de magras en obesas, en tan corto período, sin que el sueldo se los permita. Entonces y solo así, podrá ambientar perfectamente el clima para las grandes transformaciones que el país espera ver en la justicia, poniendo del lado que él considera opositor a los corruptos, y del lado que él califica como amigos, a los otros.
viernes, 6 de mayo de 2011
¿Por qué es corrupta la justicia?
Para convocar a la Consulta de mañana, el Presidente de la República ha utilizado como argumento mayor que su propuesta de "meterle la mano a la justicia"' es la única forma de resolver el grave problema de la corrupción judicial. Pero esa es una justificación utilizada por todos los presidentes de la República, cuando han querido intervenir en la función judicial; y el resultado ha sido siempre peor. O sea que el remedio agrava la enfermedad... Si hay alguna duda al respecto, revísese lo que ha pasado desde la última dictadura militar de los años 70, hasta la Pichicorte de Lucio Gutiérrez, pasando por el intento de la izquierda democrática en 1984, de tomarse al asalto la Función Judicial desde el Congreso, para someter a Febres-Cordero; a quien lo único que le quedó, fue rodear con tanquetas el Palacio de Justicia y obligar a que lo tomen en cuenta en el reparto de los jueces.
Pero en esa historia hay un lugar común: todos sin excepción han querido llenar a la Corte Suprema de sus jueces, y han dejado que las Cortes Provinciales sean pasto para satisfacer añejos apetitos de abogados, tinterillos y amanuenses que se disputan a dentellada limpia un cargo de juez provincial o cantonal o cualquier otro puesto. Lo único que han hecho con eso, es darle una vuelta más al torniquete de la corrupción judicial pero sin entrar a lo de fondo: la corrupción es del sistema judicial, no nace y termina con los jueces. Me explico:
La Función Judicial depende financieramente del presupuesto que entre la Asamblea Legislativa y el Ejecutivo, le aprueban y administran. Aquí se cumple aquello de que el que gira el cheque es el que manda. El problema se agravó con la Constitución de Montecristi, no solo porque cambió la forma de nominación de los Magistrados de la Corte Nacional de Justicia (recuérdese que uno de los productos de la "revolución" consiste en cambiarle el nombre a las instituciones, confundiendo, una vez más, las prioridades), sino porque pretendió trasladar esas nominaciones a la ciudadanía, a través del exótico Consejo de Participación Ciudadana. Cuando el Presidente Correa advirtió que por ahí no le iba a funcionar la cosa y que terminaría en las manos de sus aliados distantes que manejan tras telones a "ese lentísimo" Consejo, (y por añadidura al mediocre Consejo de la Judicatura), se valió del auge de la delincuencia para tomarlo como pretexto y, ¡zas! meterle la mano a la justicia. Bingo...
La corrupción del sistema judicial comienza en las comisarías e intendencias de Policía, sigue por los juzgados y tribunales y termina en las cárceles, incluidos los centros de "rehabilitación" para niños y adolescentes de conducta irregular. Si el gobierno quiere meterle la mano a la corrupción de la justicia, debe empezar por ahí. Mejor dicho, hace 4 años debió meterle la mano a todo ese intrincado sistema que tiene sus bases en comisarías, intendencias y cárceles, que están bajo su control. Sin ese caldo de cultivo, la corrupción de los jueces es controlable. (Por ejemplo, en el caso del Tránsito, el "endurecimiento" de las sanciones a los conductores, ha aumentado las cotizaciones que los corruptos vigilantes de Tránsito, curiosamente defendidos por el régimen, imponen so pena de citación)
No hay pues por dónde perderse. De ganar el Sí mañana, lo único que se verá en los próximos días, meses y años, será una proliferación descarada de la corrupción judicial. Choros y saltimbanquis se sentirán confiados en que no serán sancionados... A lo sumo, tendrán que robar más o cobrar más por sus crímenes a destajo -esto incluye a toda esa cáfila de agenciosos abogados, que patrocinan millonarias demandas- pero todo bajo la protección de la impunidad que la ley se encargará de proveer, por acción u omisión. Total, en la noche, todos los gatos son pardos...
Pero en esa historia hay un lugar común: todos sin excepción han querido llenar a la Corte Suprema de sus jueces, y han dejado que las Cortes Provinciales sean pasto para satisfacer añejos apetitos de abogados, tinterillos y amanuenses que se disputan a dentellada limpia un cargo de juez provincial o cantonal o cualquier otro puesto. Lo único que han hecho con eso, es darle una vuelta más al torniquete de la corrupción judicial pero sin entrar a lo de fondo: la corrupción es del sistema judicial, no nace y termina con los jueces. Me explico:
La Función Judicial depende financieramente del presupuesto que entre la Asamblea Legislativa y el Ejecutivo, le aprueban y administran. Aquí se cumple aquello de que el que gira el cheque es el que manda. El problema se agravó con la Constitución de Montecristi, no solo porque cambió la forma de nominación de los Magistrados de la Corte Nacional de Justicia (recuérdese que uno de los productos de la "revolución" consiste en cambiarle el nombre a las instituciones, confundiendo, una vez más, las prioridades), sino porque pretendió trasladar esas nominaciones a la ciudadanía, a través del exótico Consejo de Participación Ciudadana. Cuando el Presidente Correa advirtió que por ahí no le iba a funcionar la cosa y que terminaría en las manos de sus aliados distantes que manejan tras telones a "ese lentísimo" Consejo, (y por añadidura al mediocre Consejo de la Judicatura), se valió del auge de la delincuencia para tomarlo como pretexto y, ¡zas! meterle la mano a la justicia. Bingo...
La corrupción del sistema judicial comienza en las comisarías e intendencias de Policía, sigue por los juzgados y tribunales y termina en las cárceles, incluidos los centros de "rehabilitación" para niños y adolescentes de conducta irregular. Si el gobierno quiere meterle la mano a la corrupción de la justicia, debe empezar por ahí. Mejor dicho, hace 4 años debió meterle la mano a todo ese intrincado sistema que tiene sus bases en comisarías, intendencias y cárceles, que están bajo su control. Sin ese caldo de cultivo, la corrupción de los jueces es controlable. (Por ejemplo, en el caso del Tránsito, el "endurecimiento" de las sanciones a los conductores, ha aumentado las cotizaciones que los corruptos vigilantes de Tránsito, curiosamente defendidos por el régimen, imponen so pena de citación)
No hay pues por dónde perderse. De ganar el Sí mañana, lo único que se verá en los próximos días, meses y años, será una proliferación descarada de la corrupción judicial. Choros y saltimbanquis se sentirán confiados en que no serán sancionados... A lo sumo, tendrán que robar más o cobrar más por sus crímenes a destajo -esto incluye a toda esa cáfila de agenciosos abogados, que patrocinan millonarias demandas- pero todo bajo la protección de la impunidad que la ley se encargará de proveer, por acción u omisión. Total, en la noche, todos los gatos son pardos...
miércoles, 4 de mayo de 2011
Una sola razón para votar NO
Votaré NO en todas las preguntas de la Consulta del próximo sábado 7 de mayo. Tengo varias razones. Pero apenas me basta un argumento general para sustentar mi decisión: la nuestra, de acuerdo a la Constitución, es una República; y por lo tanto, los Poderes del Estado, están repartidos en las Funciones Ejecutiva, Legislativa y Judicial, cada una con sus responsabilidades y obligaciones determinadas con arreglo a la Ley Fundamental.
De aceptar como válido el deseo del Presidente Correa de "meterle la mano a la Justicia", se le concedería un Poder que es distinto -total y absolutamente distinto- al que el pueblo le confirió cuando fue elegido. Es, en suma, un poder dictatorial; pues en la práctica, si la Función Judicial pasa a ser subordinada a la voluntad de las Funciones Ejecutiva y Legislativa, (pero en el fondo, de la Ejecutiva, representada por el Presidente de la República), desaparece la división de Poderes, que es la esencia misma de la institucionalidad republicana.
Se me dirá que el grado de corrupción judicial es tal, que para resolver grandes males lo único que cabe son soluciones extremas... Pero esa es una apuesta tan riesgosa, que traerá como consecuencia atropellar los procedimientos -como ya se nota en la designación del Fiscal General, proceso en el que de manera descarada se manipula para favorecer al candidato proclamado ganador por el mismísimo Presidente Correa- y asegurarle al régimen que tendrá jueces a su medida, no solo para castigar a la delincuencia, sino para intimidar a la prensa y, de paso, asegurar la impunidad de funcionarios sobre los que pesen cargos de corrupción.
Preservar una estructura independiente -e interdependiente- de los Poderes del Estado, es asegurar la soberanía de la ley. Y las sociedades democráticas son aquellas en las que prevalece la manifestación del soberano, (o sea del pueblo), por encima de la voluntad discrecional del gobernante de turno. Ya lo dijo Aristóteles en "La República", hace 2.300 años: "Se cometería una falta grave si se sustituyera la soberanía de la ley con la soberanía de un individuo, siempre sometido a las mil pasiones que agitan a toda alma humana"
En 4 largos años, hemos conocido las más de mil pasiones -ciertamente algunas de ellas loables, pero otras llenas de venganza y odio- que agitan el alma del Presidente Correa. ¿Estarías dispuesto a cometer esa falta grave, señalada por Aristóteles hace tantos siglos? Por lo menos yo, no.
¡Por eso votaré no!
De aceptar como válido el deseo del Presidente Correa de "meterle la mano a la Justicia", se le concedería un Poder que es distinto -total y absolutamente distinto- al que el pueblo le confirió cuando fue elegido. Es, en suma, un poder dictatorial; pues en la práctica, si la Función Judicial pasa a ser subordinada a la voluntad de las Funciones Ejecutiva y Legislativa, (pero en el fondo, de la Ejecutiva, representada por el Presidente de la República), desaparece la división de Poderes, que es la esencia misma de la institucionalidad republicana.
Se me dirá que el grado de corrupción judicial es tal, que para resolver grandes males lo único que cabe son soluciones extremas... Pero esa es una apuesta tan riesgosa, que traerá como consecuencia atropellar los procedimientos -como ya se nota en la designación del Fiscal General, proceso en el que de manera descarada se manipula para favorecer al candidato proclamado ganador por el mismísimo Presidente Correa- y asegurarle al régimen que tendrá jueces a su medida, no solo para castigar a la delincuencia, sino para intimidar a la prensa y, de paso, asegurar la impunidad de funcionarios sobre los que pesen cargos de corrupción.
Preservar una estructura independiente -e interdependiente- de los Poderes del Estado, es asegurar la soberanía de la ley. Y las sociedades democráticas son aquellas en las que prevalece la manifestación del soberano, (o sea del pueblo), por encima de la voluntad discrecional del gobernante de turno. Ya lo dijo Aristóteles en "La República", hace 2.300 años: "Se cometería una falta grave si se sustituyera la soberanía de la ley con la soberanía de un individuo, siempre sometido a las mil pasiones que agitan a toda alma humana"
En 4 largos años, hemos conocido las más de mil pasiones -ciertamente algunas de ellas loables, pero otras llenas de venganza y odio- que agitan el alma del Presidente Correa. ¿Estarías dispuesto a cometer esa falta grave, señalada por Aristóteles hace tantos siglos? Por lo menos yo, no.
¡Por eso votaré no!
viernes, 15 de octubre de 2010
Guayaquil
Acabamos de celebrar 190 años del 9 de Octubre. No son circunstancias normales las que vive Ecuador, como para estar de ánimo festivo. Pero sin embargo, Guayaquil merece hacer un alto para, a la luz de la celebración de su Gesta, otear cuál es el destino que le espera y si mantendrá la influencia que en lo económico, social y político ha logrado durante la vida republicana.
De partida hay que recordar lo que J. M. Velasco Ibarra decía: sin Guayaquil no es posible imaginarse al Ecuador. Y en verdad, Guayaquil tiene por su situación geográfica una condición privilegiada tanto como puerto -aéreo, marítimo, fluvial y terrestre- cuanto como ciudad industrial y comercial. Para sustentar lo dicho, baste señalar, por ejemplo, que por sus puertos se moviliza casi el 80% de la carga comercial no petrolera del país. Y que su vocación industrial concentra aproximadamente el 49% de la actividad económica de la urbe.
Sin embargo, desde la Colonia y a lo largo de la vida republicana, se ha intentado minimizarla incluso por una especie de fatalismo que en ciertos estamentos de sus elites se advierte de tarde en tarde. Pero cabe recordar frente a este pesimismo, que Guayaquil fue construida sobre las adversidades. Y que los guayaquileños han heredado su espíritu emprendedor y constructivo, precisamente de la apremiante necesidad de ganarle la lucha diaria a los elementos: a la tierrra, al aire, al fuego.
La crisis económica-financiera de 1999-2000, habría tenido efectos de verdadera catástrofe si Guayaquil no la hubiese resistido con la entereza que lo hizo. Y de ahí ha surgido, casi de manera imperceptible, una conclusión: la ciudad cuenta con recursos suficientes para propiciar no solo un proceso de regeneración urbana como el que con tanto éxito ejecuta el Alcalde Jaime Nebot, siguiendo la ruta marcada por el gobierno municipal de León Febres-Cordero, sino para entrar de lleno a un proceso de regeneración económica, que busque reposicionarla -consolidando el régimen de economía social de mercado- como centro financiero nacional e internacional; y paralelamente potenciar su industria, reconvirtiéndola donde sea necesario, fortaleciéndola donde tenga debilidades y definiéndole nuevas y mejores oportunidades en los mercados foráneos, para aprovechar su ventaja de ser el centro de la Cuenca del Guayas, que es la zona más rica del Pacífico Sudamericano.
Ahí está el futuro de Guayaquil. Estoy seguro de que cuando lleguemos al bicentenario del 9 de Octubre, la ciudad será mucho más de lo que en el párrafo anterior se ha delineado. Entonces la prioridad de esta celebración debe tener un objetivio: iniciar ya, desde el lunes 11 de octubre, la tarea de perfilar y producir el Guayaquil que queremos celebrar el viernes 9 de Octubre de 2020.
domingo, 10 de octubre de 2010
Lo que importa
Transcurridos los primeros 10 días de la -llamémosla por ahora, así- sublevación de la Policía Nacional, los hechos se han ido decantando poco a poco y permiten formular algunos juicios de valor que, por el paso del tiempo, indudablemente tienen menor carga pasional que los que podrían haberse emitido con la calentura del conflicto...
Lo primero que salta a la vista es que, una vez más, Ecuador está cayendo en la trampa de discutir lo irrelevante para no enfrentar lo relevante.
Lo irrelevante es, en efecto, si fue o no un intento de Golpe de Estado. (Para un iniciado en la lectura de "La Técnica del Golpe de Estado" de Curzio Malaparte, seguramente los gestores de esa tentativa reprobarían un examen elemental sobre la materia)
Lo relevante es que el 30 de septiembre los ecuatorianos recibimos un mensaje devastador: la Revolución Ciudadana, a pesar de sus casi 4 años en el poder, no ha podido erradicar la cultura política de la asonada y del cuartelazo. Para escribirlo mejor: no solo que no ha podido erradicar esa cultura, sino que de una u otra manera, en los genes de esos revolucionarios del socialismo del siglo XXI están los cromosomas de la asonada y del cuartelazo. ¿Acaso el país ha olvidado, que los primeros actos de los revolucionarios, luego de posesionado el Presidente Correa, fue disolver impunemente a un Congreso democráticamente elegido; o ya se ha olvidado, cómo se eliminó al entonces Tribunal Constitucional, asaltando su local y desalojando a garrotazos y pedradas a sus ocupantes? ¿Acaso, para ahorrar más testimonios, nadie recuerda que muchos de los líderes de la revolución ciudadana, estuvieron entre los que promovían y participaban en las algazaras con que derrocaron a Bucaram, a Mahuad y a Gutiérrez? Esto es lo segundo que salta a la vista:::
Y lo devastador del mensaje es que no hemos avanzado nada. Todo sigue igual como cuando la partidocracia azuzaba a militares y policías para obligarlos a tomar partido desde el gobierno o contra el gobierno, y declarar ante las cámaras de la televisión que le quitaban el apoyo al régimen de turno.
Pero además, el 30 de septiembre y los hechos que vienen sucediéndose, demuestran que no hay institucionalidad republicana, porque esta institucionalidad ha sido asumida por un solo hombre: el Presidente de la República. Tanto no hay institucionalidad, que en la última cadena de televisión, la de este sábado 9 de octubre, el Presidente Correa dijo que si los policías querían volver a la situación laboral que tenían antes, él derogaba la ley. No lo dijo una vez, lo repitió para que no hubise duda alguna de que la Asamblea no existe fuera de la voluntad política del Jefe del Estado; como tampoco existe la ´Funcion Judicial; como tampoco existen los organismos de Control Constitucional. (La Asamblea como Función del Estado se declaró en receso por falta de garantías los días despúes de la sublevación policial. Y ha sido incapaz de decir algo) Esto es lo tercero que salta a la vista, a profanos e iniciados.
Hay varios temas tan o más importantes que los señalados, que los abordaré en próximas entregas. (Por ejemplo esa declaración de Hugo Chávez, de que Correa se salvó de milagro y en la que avizora que de haber ocurrido el asesinato del primer mandatario ecuatoriano, se habría provocado una guerra civil con la intervención de Estados Unidos y las Naciones Unidas. Más allá de que ningún Presidente que se estime puede hacer declaraciones de esa clase, Chávez quiere aparecer como el protector gratuito de Correa, de Ortega, y de Morales. Eso no le hace ningún favor a Correa)
Pero por ahora quiero cerrar este comentario invitándolos a una reflexión: estoy de acuerdo con el Presidente Correa cuando afirma que la vida de un solo ecuatoriano, (peor la de 5, 7 u 8), es un precio demasiado alto por un enfrentamiento que no tiene sentido. Entonces hay que ir a buscar las causas últimas y primeras del 30-S. Hay que hacerlo con urgencia, incluso para saber la verdad de los hechos; para saber si hubo intento de golpe de Estado, magnicidio incluido, y quiénes empujaron ese enfrentamiento absurdo, por acción u omisión.
Una sociedad escindida desde el poder de la República, por el insulto y la diatriba descalificadora a los adversarios políticos; una sociedad virtualmente secuestrada por el descontrolado afán de captarlo todo y no transigir con nada ni con nadie, arrebatando incluso espacios mínimos para plasmar en las leyes otras opiniones que no sean las del gobierno; es una sociedad que, tarde o temprano, termina siendo víctima de golpes de Estado. O simples "chapazos", como el del 30 de septiembre. Se convierte en una sociedad africanizada. En un Estado fallido.
He ahi la lección que deja un acontecimiento tan deplorable por innecesario e irracional.
Lo primero que salta a la vista es que, una vez más, Ecuador está cayendo en la trampa de discutir lo irrelevante para no enfrentar lo relevante.
Lo irrelevante es, en efecto, si fue o no un intento de Golpe de Estado. (Para un iniciado en la lectura de "La Técnica del Golpe de Estado" de Curzio Malaparte, seguramente los gestores de esa tentativa reprobarían un examen elemental sobre la materia)
Lo relevante es que el 30 de septiembre los ecuatorianos recibimos un mensaje devastador: la Revolución Ciudadana, a pesar de sus casi 4 años en el poder, no ha podido erradicar la cultura política de la asonada y del cuartelazo. Para escribirlo mejor: no solo que no ha podido erradicar esa cultura, sino que de una u otra manera, en los genes de esos revolucionarios del socialismo del siglo XXI están los cromosomas de la asonada y del cuartelazo. ¿Acaso el país ha olvidado, que los primeros actos de los revolucionarios, luego de posesionado el Presidente Correa, fue disolver impunemente a un Congreso democráticamente elegido; o ya se ha olvidado, cómo se eliminó al entonces Tribunal Constitucional, asaltando su local y desalojando a garrotazos y pedradas a sus ocupantes? ¿Acaso, para ahorrar más testimonios, nadie recuerda que muchos de los líderes de la revolución ciudadana, estuvieron entre los que promovían y participaban en las algazaras con que derrocaron a Bucaram, a Mahuad y a Gutiérrez? Esto es lo segundo que salta a la vista:::
Y lo devastador del mensaje es que no hemos avanzado nada. Todo sigue igual como cuando la partidocracia azuzaba a militares y policías para obligarlos a tomar partido desde el gobierno o contra el gobierno, y declarar ante las cámaras de la televisión que le quitaban el apoyo al régimen de turno.
Pero además, el 30 de septiembre y los hechos que vienen sucediéndose, demuestran que no hay institucionalidad republicana, porque esta institucionalidad ha sido asumida por un solo hombre: el Presidente de la República. Tanto no hay institucionalidad, que en la última cadena de televisión, la de este sábado 9 de octubre, el Presidente Correa dijo que si los policías querían volver a la situación laboral que tenían antes, él derogaba la ley. No lo dijo una vez, lo repitió para que no hubise duda alguna de que la Asamblea no existe fuera de la voluntad política del Jefe del Estado; como tampoco existe la ´Funcion Judicial; como tampoco existen los organismos de Control Constitucional. (La Asamblea como Función del Estado se declaró en receso por falta de garantías los días despúes de la sublevación policial. Y ha sido incapaz de decir algo) Esto es lo tercero que salta a la vista, a profanos e iniciados.
Hay varios temas tan o más importantes que los señalados, que los abordaré en próximas entregas. (Por ejemplo esa declaración de Hugo Chávez, de que Correa se salvó de milagro y en la que avizora que de haber ocurrido el asesinato del primer mandatario ecuatoriano, se habría provocado una guerra civil con la intervención de Estados Unidos y las Naciones Unidas. Más allá de que ningún Presidente que se estime puede hacer declaraciones de esa clase, Chávez quiere aparecer como el protector gratuito de Correa, de Ortega, y de Morales. Eso no le hace ningún favor a Correa)
Pero por ahora quiero cerrar este comentario invitándolos a una reflexión: estoy de acuerdo con el Presidente Correa cuando afirma que la vida de un solo ecuatoriano, (peor la de 5, 7 u 8), es un precio demasiado alto por un enfrentamiento que no tiene sentido. Entonces hay que ir a buscar las causas últimas y primeras del 30-S. Hay que hacerlo con urgencia, incluso para saber la verdad de los hechos; para saber si hubo intento de golpe de Estado, magnicidio incluido, y quiénes empujaron ese enfrentamiento absurdo, por acción u omisión.
Una sociedad escindida desde el poder de la República, por el insulto y la diatriba descalificadora a los adversarios políticos; una sociedad virtualmente secuestrada por el descontrolado afán de captarlo todo y no transigir con nada ni con nadie, arrebatando incluso espacios mínimos para plasmar en las leyes otras opiniones que no sean las del gobierno; es una sociedad que, tarde o temprano, termina siendo víctima de golpes de Estado. O simples "chapazos", como el del 30 de septiembre. Se convierte en una sociedad africanizada. En un Estado fallido.
He ahi la lección que deja un acontecimiento tan deplorable por innecesario e irracional.
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