sábado, 11 de mayo de 2013

Mi mamá me ama. Yo amo a mi mamá...

Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia se remonta al primer día de clases, en la Escuela Fiscal de Niños Pichincha, de Sucre, 24 de Mayo, Manabí.

Había cumplido 5 años en enero; y todavía en el patio de la escuela -que ocupaba una parte del edificio del Concejo Municipal- había huellas de lodo del período lluvioso que estaba terminando. Entonces no había etapa pre escolar, así es que tocaba iniciar la primaria cumplidos los 6 años; pero a insinuación de Alicia (Yolita) Franco, que pasaba unos días en Sucre, mis hermanas Rina y Melba lograron que papá accediera a que me matriculasen aumentándome la edad.

Y así fue como me vi -con uniforme blanco almidonado y botines negros, la rebeldía de mi cabello dominada con moyuyo (una fruta silvestre parecida a la uva, que da una goma muy eficaz); y como útiles escolares un cuaderno de papel periódico a rayas y un lápiz mongol- sentado en una banca que papá mandó a construir para mi uso. Por aula había una especie de canchón, con medias paredes de caña que compartíamos con los alumnos de segundo y tercer grado.

Mi profesora fue doña María Teresa de Vélez. Era una mujer toda dulzura. A mí siempre me trató con cariño, incluso superando las diferencias de la política local, que enfrentaban casi de manera irreconciliable a su marido con mi padre.

El método de enseñanza de doña María Teresa era efectivo: primero las vocales y luego las consonantes, aprendidas acompañando su grafía con canto en coro de su equivalencia fonética. Más tarde, ya estábamos listos para escribir frases. Y de esas, la que más emocionaba a nuestras almas simples de niños semi campesinos, era esa que empezaba haciéndonos repetir: la m con la a, ma; la m con la a, ma: ma-má; ma-má.... Y después, para completar el ejercicio: mi-mamá-me-ama; yo-amo-a-mi-mamá...

No creo que haya oración más perfecta que esa, para aprender los misterios del amor de la madre al hijo y del hijo a la madre. No creo que exista otra frase parecida; por eso tampoco creo que alguien la inventó. Es que esa construcción gramatical está en nuestra naturaleza de hijos. Y en la naturaleza de las madres.

Amar. De eso se trata.

Años después la vida me unió a Minerva Villafuerte, hija de Alicia Franco. Madre e hija se amaban con la devoción que reza la frase que me enseñaron como primeras letras. La misma devoción con que amé a mi mamá María Chávez.

Del amor que Minerva Villafuerte y los hijos que tuvimos, Andrés Enrique y Alicia ("La Tite")Minerva, se profesaban mútuamente, soy testigo.

Ahora ya no están ni mi mamá María Chávez, ni la mamá de ellos, Minerva Villafuerte. Pero el amor seguirá siendo eterno, de hijo a madre, de madre a hijo, no importa en qué lugar del universo estemos.

Mi mamá me ama... Yo amo a mi mamá.