sábado, 29 de marzo de 2014

Ya, supérelo...

El Presidente Correa ha hecho de su derrota un caso patético... El problema está en que no logra superarla.  Y como no lo hace, tiende a repetir y repetir el mismo discurso de la campaña, como para justificarse.  

Como dirían los muchachos, no oculta que está pica-porte.  

En la comezón de su pica, parece no advertir que mientras más trata de minimizar el resultado electoral del 23 de febrero, más lo exalta; que mientras más vueltas le da a lo que perdió, más demuestra el valor que tiene para sus adversarios haberlo derrotado.  

Con su actitud Correa me recuerda un episodio de mi vida estudiantil.  Resulta que dos compañeros por uno de esos desencuentros tan comunes entre estudiantes, terminaron enfrentados a puñetazos.  Los dos no tenían fama de ser buenos para jalar puñete. Pero sí de bocones.  Y el menos bocón, le terminó pegando al que se creía más bacán.  Solo bastó un golpe al rostro para que ahí terminara la historia.  

Pero el que perdió nunca se resignó a su derrota.  Empezó por culpar a los zapatos porque había resbalado; al resbalón porque se cayó; y terminó enojado con sus amigos, porque nada hicieron para evitar que el otro lo golpeara.  Cuando queríamos pasar un momento divertido, le encamábamos cosas al perdedor para que se molestase y terminaba desafiando primero a uno, después a dos, y finalmente a todos, a probar que él sí sabía pelear y que nadie le podía ganar...  La fanfarronada concluía cuando el menos peleador del grupo le aceptaba el desafío y en medio del silencio el vociferante compañero partía en retirada, ante la jocosa celebración de todos los circunstantes, incluyendo uno que otro transeúnte que se quedaba a disfurtar del momento.  El pobre al final fue tratado como chifladito.  Y es el recuerdo que tenemos de él.  

El Presidente Correa está así, como el amigo del cuento.  No se resigna a su derrota.  Ahora desafía a que le ganen las próximas elecciones.  Y dice que ganará 5 a 1; que el problema es que él y su partido se habían aostumbrado a ganar con paliza, y los otros también a perder, por paliza;  pero que la diferencia está en que ahora ganaron apretaditos, pero ganaron... Etcétera. 

Sospecho que quienes van a la sabatina a pedirle a gritos reelección, están disfrutando del momento;  pasan una mañana divertida de sábado.  Porque tanta cantaleta para no reconocer que perdió, mueve a risa.  

Y lo grave es que no tiene en su círculo cercano alguien que le diga, ¡ya! supérelo.


sábado, 22 de marzo de 2014

A un mes...

Mañana se cumplirá un mes de las elecciones del 23 de febrero.  Y el gobierno –regateando el tamaño de su derrota–  sigue diciendo que no perdió; que lo único que ha ocurrido es que no ganó.  

Y entonces salen con los argumentos de prestidigitador de la verdad que les caracteriza: han ganado más alcaldías –dicen– ahora que hace 4 años; que el país no puede seguir con la práctica de centralizar las manifestaciones políticas en Quito, Guayaquil y Cuenca (donde precisamente perdieron); que algunos alcaldes fueron parte del gobierno, pese a lo cual no fueron postulados por PAIS, pero que en varios casos por ser de AVANZA es como si pertenecieran a PAIS (o sea, como una colada política); y otras tantas y tantas argucias, en las cuales ni ellos mismos creen...

Pero la verdad de la milanesa es que los resultados del 23 de febrero demuestran de manera incontrovertible que un alto número de ciudadanos no cree en la Revolución Ciudadana.  Cree en Rafael Correa. Pero no cree en la RC.  La prueba más evidente está en Guayaquil: la oferta de que aquí se iba a consolidar la RC con la alcaldía de Bonilla, no logró derrotar a Nebot; al punto de que ni siquiera lograron la anhelada mayoría de concejales que esperaban obtener bajo la pretensión de repetir los resultados que obtuvieron en las elecciones legislativas de 2013.

Más allá del discurso para el público, el Presidente Correa seguramente habrá evaluado los verdaderos motivos de la derrota.  Uno de ellos –el principal– es la visión totalizadora del poder que lo alienta. Y que transmite sábado a sábado, ora descalificando a sus adversarios, ora presentando a su gobierno como un acontecimiento sin precedentes en la historia nacional, ora invocando un “milagro“ económico, que no sería tal, de no haber tenido la bendición de altos precios del petróleo, ora utilizando a la justicia para perseguir y condenar.  

Si Correa quiere gobernar los próximos 3 años que le quedan sin generar mayor descontento popular, debería entender algo tan elemental como que sus sabatinas no constituyen un espacio impune para decir lo que le da la gana, incluso limitando el derecho a la réplica de los agraviados por sus afirmaciones descalificadoras.  Debe empezar aceptando que si bien es cierto que su gobierno ha hecho obra pública muy importante, ésta no es garantía per se de adhesión de la ciudadanía.  Como no es garantía de adhesión ciudadana decirle a los consumidores qué marcas tienen o pueden consumir de cosméticos o de cualquier otro producto.

El mensaje de fondo que hay detrás de la manifestación electoral del 23 de febrero, es que Correa debe dejar que las Juntas Parroquiales, los Alcaldes y los Prefectos, cumplan sus tareas de gobierno respondiendo directamente a las necesidades más sentidas de las comunidades que representan.  O sea que los deje obrar en paz. Sin inmiscuirse para decirles lo que es bueno o malo. Nada más. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Mis mujeres...

Yo tengo varias mujeres.

Algunas lo han sido momentáneamente; otras, lo han sido siempre; pero todas han dejado huellas en mi vida, de esas que así no más no se borran...

Y cuando hablo de tener varias mujeres, no hablo de la posesión sexual únicamente; o, para decirlo sin metáforas, de las amadas amantes. Hablo de esa posesión personal, que nos permite tener madre, esposa o compañera sentimental, abuelas, suegra, tías, hijas, sobrinas, amigas, comadres, compañeras de trabajo...

Y en ese contacto cotidiano, uno llega sabiamente a la conclusión de que si el mundo ha sido hecho para alguien, es para las mujeres.

Y para las plantas. Y para los animales. Y para la tierra. Y para el cielo. Y para el mar. Y para los ríos. Y para las estrellas.

Pero sobre todo, para las mujeres.

A mí me fascinan las mujeres en estado de embarazo.  No solo porque son el ejemplo vivo del milagro de la reproducción, sino porque constituyen un ejemplo del significado de la vida. Eso me provoca mucha ternura. Y un infinito respeto.

Yo tengo varias mujeres.  Todas son maravillosas.  Las que no he conocido, seguramente serán iguales a las que conozco.  O más.

Todas las mujeres son María, (mamá llevaba ese nombre), hayan o no concebido el Bendito Fruto de su Vientre.   Porque el amor de María supera cualquier interpretación humana: es simplemente eso, amor.

Y si María es por antonomasia la encarnación de la Mujer, la Mujer es la encarnación del Amor.