miércoles, 25 de mayo de 2011

Solo fue un chapazo

Comprobado: si algo saca de quicio más rápido de lo acostumbrado, al Presidente Correa, es cualquier expresión que por lo menos insinúe algún cuestionamiento respecto a la verdad oficial del 30-S. Entonces se transforma. La mirada se le inyecta de odio. Y clama venganza en nombre de los muertos y heridos. Y clama también venganza en nombre de la Majestad del Poder tan vilmente escarnecida. En ese éxtasis, dirige su odio contra actores invisibles, pero más o menos encarnados en la prensa corrupta y en las personas apresadas como autores, cómplices y encubridores de la asonada.

Correa acusa a la prensa -dicho sea de paso- por practicar lo mismo que le achaca como poder mediático: no haber declarado culpables a Araujo, Carrión y todos los demás procesados bajo la acusación oficial de magnicidio. ¿Sí se dan cuenta del desvarío...? Me explico: El Presidente Correa dice que la prensa corrupta absolvió a los inculpados. Y entonces la pregunta cae de madura: ¿Y qué habría dicho, si esa misma prensa acusaba a Araujo y a Carrión, como autores de delito de lesa majestad? Entonces ¿dejaría de ser corrupta?

Pero lo de fondo, la verdad verdadera, reside en admitir que el 30 de septiembre de 2010 ocurrió un acto de protesta policial, que conforme pasaron las horas, fue derivando en vandalismo. Hasta ahora, ni los agenciosos fiscales, ni el mismísimo Presidente Correa han aportado un solo indicio, o cuando menos una sola media prueba, de que hubo un complot minuciosamente planificado para capturar al Presidente Constitucional de la República, aprovechando su inocente visita al Regimiento Quito, y llevarlo con su aceptación a refugiarse en una habitación del contiguo hospital de la Policía, donde se le administró asistencia médica para que superara los problemas de semi asfixia que presentaba -y quien no los va a presentar cuando se expone directamente a gases picantes o lacrimógenos- y el dolor de su rodilla recién operada. En esa habitación el Presidente recibió a amigos y partidarios; formuló declaraciones públicas a la radio y a la televisión; y ordenó, él mismo, la incursión militar al hospital de la policía en que se encontraba, (¿retenido, secuestrado?). Producto de esa incursión militar fueron los muertos y los heridos.

El 30-S no debió ser más que un "chapazo"; es decir un acto de indisciplina violento, exacerbado por la presencia desafiante del Presidente de la República, exigiendo a ese grupo de policías, incontrolables e incontrolados, que lo maten. Todo el mundo lo vio. Ahí están nítidas las imágenes.

Ese chapazo es el que se debe sancionar con todo el rigor de la ley. Pero si se busca sancionar un intento de magnicidio para consumar un golpe de estado, cualquier juez que estime su inteligencia, no lo hará. Porque eso nunca existió. Y menos existió, cuando la acusación obedece a todas luces solo al afán de venganza, porque a la Majestad del Poder que el Presidente Correa proclama encarnar, le resulta intolerable, inaceptable, inadmisible, que unos chapitas, en una mañana quiteña, se hayan resistido a agachar la cabeza ante las imprecaciones de quien dice ser su jefe. Por eso, con su sal de india indómita, la Lourdes Tibán ha dicho que si de algún delito son culpables los policías, es de no haber cumplido fielmente la orden de su jefe: que lo tiren... a matar!






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