sábado, 7 de enero de 2012

La edad no es una gotera en el techo...

Hoy hablaré de mí. Y por mi letra, trataré de hablar sobre todos los que han cumplido o van a cumplir 62 años de vida.

Confieso que desde cuando las leí, firmo como mías las palabras del personaje de "Memorias de mis putas tristes" de Gabriel García Márquez: "Nunca he pensado en la edad como en una gotera en el techo que le indica a uno la cantidad de vida que le va quedando"; es que -y esto es de mi cosecha- yo pienso en el torrente que todavía queda para alimentar a la gotera, pero no en las gotas que van cayendo.

Nosotros pertenecemos a la generación de la segunda mitad del siglo XX. Hemos tenido la oportunidad de dar testimonio sobre los cambios maravillosos que la tecnología ha deparado en el comportamiento de la sociedad y que parecen tan interminables como vertiginosos.

Así, hemos visto desde el paso de la radio a la televisión, hasta llegar a las imágenes 3-D; desde la computadora inmensa con capacidad menor a la de un celular elemental de hoy día, hasta las portátiles y las tablet; estupefactos fuimos espectadores tanto de la llegada de un astronauta de Estados Unidos a la luna, como de la derrota de ese mismo país por famélicos soldados en Vietnam; tan pronto hicimos héroe al Ché bajo el romanticismo de su lucha anti imperialista, como advertimos con el paso del tiempo, que la Cuba que él "liberó" con los barbudos de Sierra Maestra, ha terminado convirtiendo su libertad en más de medio siglo bajo una dictadura en nombre de un socialismo que cayó con el Muro de Berlìn hace 22 años. Hemos, en fin, presenciado cómo el mundo se convirtió en una aldea global, gracias a Internet.

Y aquí, entre nosotros, hemos visto pasar el torrente del velasquismo y sus precipitaciones sobre las bayonetas; dictaduras militares, cuando no golpes constitucionales y asonadas; una crisis financiera asoladora que culminó con la caída del sucre y la dolarización; y toda la parafernalia de la revolución ciudadana, incluyendo a Fabricio y Pierina... Hemos visto a sufridos barcelonistas, llorar 15 años seguidos, para consternación nuestra. Hemos vivido la pasajera alegría de clasificar como país a dos mundiales de fútbol y quitarnos un poco ese consuelo de bobos resumido en jugar como nunca y perder como siempre, (mmmm ¿emelec?) Hemos visto de todo. Y seguiremos viendo.

Porque también pudimos declarar un amor trasnochado, mientras intentábamos -en un baile de bolero, cachete con cachete- recitar una inspirada composición a la que recurríamos para dar fe de nuestros sentimientos; porque nos casamos y hasta nos divorciamos, y tenemos hijos y hasta nietos; porque entendimos la vida no solo como una sucesión de eventos, en los que el estudio y hacer negocios, parecían actos nada complicados; porque nos hicimos de una o varias profesiones, a veces solo con el ánimo de sacarle ventaja al conocimiento.

Porque hemos visto de todo. Y seguiremos viendo. Por eso y todo lo demás, yo espero llegar a los 90 y pasarlos.

Y pasarlos para ir algún día donde un médico, quizá nieto de algún familiar querido o de un buen amigo, que nos diga -como al personaje de García Márquez- que nuestro estado de salud es el mejor posible a nuestra edad. Y que igualmente le respondamos: "Qué curioso, (...) lo mismo me dijo su abuelo cuando yo tenía cuarenta y dos años, como si el tiempo no pasara. Siempre encontrará uno que se lo diga, dijo, porque siempre tendrá una edad. Yo, provocándolo para una sentencia aterradora, le dije: La única definitiva es la muerte. Si, dijo él, pero no es fácil llegar a ella en tan buen estado como usted. Siento de veras no poder complacerlo"

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