sábado, 14 de septiembre de 2013

Mi mamá...

Mi mamá hubiese cumplido 100 años el próximo 22 de octubre.  Pero hace 5 años -un 13 de septiembre de 2008- emprendió el viaje definitivo.  

Como lo he conversado varias veces, ella tenía raíces campesinas, de donde extraía una devota fascinación por todo lo que era natural. Le gustaban las plantas y los animales domésticos.  En el gran patio de la casa familiar,  era común ver gallinas.  Un tiempo crió chanchos.  Y perros y gatos.  Y pajaritos en sus jaulas -chaos, caciques- a los que enseñaba con deleite silbar las canciones de moda.  

Era incansable en el cumplimiento de sus tareas. Incluso cuando pasaba unos días aquí en Guayaquil, ya estaba en pie a las 5 de la mañana, (más de una vez me sorprendió llegando de una farra a tomar una ducha antes de regresar a clases en la universidad, y me sorprendió todavía más esperándome con el desayuno)  Su día terminaba a las 10 de la noche, o algo más tarde si tenía cosas por hacer.  

Lo que siempre me fascinó de ella era su capacidad para entender el mundo polivalente que significa criar 8 hijos,  para encauzar sus energías de modo que, hasta que cada uno tomase el rumbo que le correspondía tomar, se condujesen por la vida sin mayores contratiempos. Lo logró.  Al fin y al cabo estamos todavía aquí para dar testimonio de eso.  Y cuando vinieron los nietos no había que adivinar la curiosidad con que trataba de encontrar en cada uno de sus descendientes, algún rasgo que le recordara ese mundo polivalente que ayudó a formar.  

Solía evocar con mucho sentimiento sus días en "El Anegado", la pequeña finca familiar de mi abuelo Avelino Chávez, donde debió asumir tempranamente el rol de madre porque mi abuelita Leopoldina murió, dejando hijos pequeños.  Era una institución -no exagero- para sus hermanos y hermanas.  Y para el mismo abuelo Avelino.  

Mi mamá, María Salomé Chávez Bailón, era una mujer que unía a la sencillez de su alma el temple de no perder su espacio natural.  En eso fue irreductible. Y así se mantuvo hasta el mismo día de su muerte: no la esperó acostada en un rincón.  Cuando tuvo que caer estaba exactamente de pie. 

Yo la evoco todos los días, repitiendo los versos de Nervo: Era llena de Gracia, como el Ave María...



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